

Tras unos días de levante y de fuerte corriente, el
mar se ha quedado y la previsión aunicia un
fuerte anticiclón. La primavera empezó hace un par
de semanas, y el clima se ha suavizado mucho.
Sin pensarlo
mucho meto los bártulos en el coche y pongo rumbo a uno de
mis lugares preferidos de pesca. He salido de casa cuando
aún era de noche, y llego a esa
pequeña calita que tanto me
gusta cuando el sol empieza a
despuntar por el horizonte.
Aunque habré estado aquí, en
circunstancias similares,
decenas de veces siento como
la adrenalina invade todo mi
cuerpo.
Me visto deprisa, para
no perder ni un minuto de este
momento mágico que es el
amanecer. El mar parece un
lago, me sumerjo con sigilo y
pegado a las rocas intento
alcanzar la primera punta para
hacer mi primera espera. Un
poco antes de llegar a ese
pequeño saliente rocoso,
aprovecho una pequeña grieta
en la pared para esconderme y
preparar mi apnea. Tomo la
última bocanada de aire y con
el máximo de sigilo me sumerjo.
Entro en una pequeña falla para
poder avanzar sin ser visto. Me
muevo despacio, sin hacer
ruido, hasta llegar a un fondo
de unos 10 metros de
profundidad. Allí salgo de la
grieta y doblo la punta
quedando ante mi un
impresionante desprendimiento
rocoso. El agua esta clarísima.
La luz del sol penetra con
fuerza bajo el agua iluminando
lateralmente todo el paisaje.
Avanzo aprovechando la sombra
de los grandes bloques. Poco a
poco, voy ascendiendo cuando
de repente desde mi escondite
veo un importante grupo
numeroso de sargos comiendo
en la parte más alta de un
bloque que rompe la
superficie. Son muchos, más de
cien calculo, y algunos de ellos
grandes. A un lado unas lisas
nadan lentamente formando un
círculo. Dos pequeñas lubinas
quedan por detrás. La escena
es espectacular. Es un momento
mágico. De repente, entre los
sargos veo un pez más grande
que se gira y me muestra su
amplia frente y su poderosa
mandíbula. Se dirige hacia mi
pero aún no está
suficientemente cerca. Intento
relajarme y alargar unos
segundos más mi apnea. No
aguantaré mucho más. Calculo
que debo estar a poco más de 2
m de profundidad. La dorada
avanza lentamente, indolente...
¡Estoy seguro que no me ve! Un
poquito más cerca... 1,2,3
¡disparo! La varilla atraviesa a
la presa de la cabeza hacia
atrás, y poco puede hacer para
soltarse. Doy un par de
aletazos y la agarro con fuerza
por la agallas mientras intento
colocarme el tubo y recuperar
el aliento. Es grande, con una
mandíbula poderosa, con una
cuerpo entre plateado y
dorado. La observo
detenidamente. Me siento
eufórico, feliz, exultante... ha
valido la pena el madrugón.
La
primavera me ha dado la
bienvenida...
... con todos vosotros el
Especial Pesca Submarina de
primavera.
Jordi Chias.